VOLANDO VOY

El 99,9% de los padres que conozco, eruditos en el delirante arte de la progenitura, cebo y preservación infantil, me informan desde su cátedra que tras el nacimiento de mi niño debo despedirme de practicar cualquier tipo de afición personal, entre ellas mi gran pasión cultivada a lo largo de mi vida pre-parental: viajar a países lejanos, exóticos, desconocidos, seductores.

Mis inicios como padre primerizo acentuaron esa línea de comportamiento. Me activé el modo multitarea permanente, y mis extremidades adquirieron autonomía propia: con una mano untaba crema hidratante al crío, con la otra le cambiaba el pañal, con un pie le tapaba la boquita para atenuar su llanto, y con el otro esterilizaba el biberón. El empleo de codos, rodillas y caderas en tareas primarias lo desarrollaría más adelante.

Transcurridas las primeras semanas de temores y desconcierto, y verificado el instinto de supervivencia que galardona a los bebés, han caído en mis manos otros textos más allá de los relativos a la crianza y desarrollo de infantes. Quizá por casualidad, tal vez por destino, o por designios del señor Google, he conocido conceptos antes esotéricos para mí como son el coaching, el mindfulness, la programación neurolingüística, o los eco-centers, por citar alguno.

Me detengo en uno de ellos por su excepcional potencial: el coaching. Leo en la documentación recabada que esta disciplina me permitirá alcanzar cualquier objetivo que me proponga, mediante la integración de nuevas rutinas y aprendizajes. A partir de aquí, decido construir y aplicar mi propia receta casera de coaching, me atrevo a experimentar con gaseosa, y trato de recuperar mi gran afición perdida de viajar a países lejanos, exóticos, desconocidos, seductores.

Y de esta forma, he conseguido transformar desesperanzadoras noches de llanto de bebé y vigilia en apasionantes travesías allende los mares. Tan solo he necesitado querer hacerlo, desearlo con todo mi cariño. Os cuento cómo lo he logrado, comparto mi receta:

Ingredientes: un bebé (no importa su sexo) en momento álgido de llanto; un carrito de bebé; una silla de adulto; una ventana; cuarto y mitad de luz tenue (a gusto); un buen chorro de ternura; un pellizco generoso de imaginación.

Preparación: extraer al bebé lloriqueante de su cuna, montarlo en el carrito, acariciar su cabecita y transportarlo a la habitación donde habremos dispuesto una silla en frente de una ventana. Colocar el carrito con el bebé al lado de la silla, ambos mirando hacia la ventana. Graduar la luz al gusto, sentarse en la silla, tomar de la manita al bebé, mirar a través de la ventana, y narrar en voz susurrante las aventuras asociadas al viaje que deseamos emprender juntos.

Quiero confesaros que la geolocalización de mi hogar juega en mi favor. Desde el interior de la ciudad, con orientación Este, y colosal altitud, frente a mi ventana controlo el trazado de los centelleantes aviones hasta apenas un instante previo a su aterrizaje. He dividido el campo aéreo en tres sectores horizontales, y medido el tiempo que tarda cada punto luminoso en aparecer por los edificios de Castellana y ser engullidos por Torres Blancas, estableciendo tres categorías: vuelo doméstico, continental o transoceánico.

Siempre de la manita de mi niño, le miro a los ojos y con un guiño le pregunto qué avión desea abordar. Una vez lo señala, aplico las coordenadas de sector y tiempo para clasificarlo convenientemente y dejamos que la inspiración nos revele de qué país transoceánico (por ejemplo) provenimos. Repasamos en voz alta todas las peripecias más sensacionales que hemos vivido allí, y la maleta llena de regalos que traemos a mamá: telas de rinofante, zumo de tortilla de tata, plastilina púrpura, mermeladas de chocolate, perfume de menta, un trozo de luna…

Por desgracia, con el tiempo mi retoño se ha convertido en un dormilón profesional. Compite en todos los torneos de siesta larga en las ligas municipales inter-guarderías, categoría Morfeo, y siempre gana el chupete de oro que concede la primera posición. Aun así, quizá por una mala digestión, o una pesadilla, un virus fugaz, o un pliegue en la sábana… o porque le vence el deseo de viajar con su papá, una vez cada mes desata su llanto desconsolado desde la cuna y me ofrece su esponjosa manita, para que su papá le narre cómo son los países lejanos, exóticos, desconocidos, seductores.

Sergio Hinojosa

7 comentarios
  1. Ignacio
    Ignacio Dice:

    Me ha gustado el artículo, y yo que también practico la paternidad, efectivamente huyo de la frustración de todo lo que he dejado de hacer, ahora siempre tengo a mi lado dos pequeños compañeros de viaje que me acompañan en mis actuales ilusiones, las cuales procuro adaptar a sus capacidades.

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  2. Laura Fernández
    Laura Fernández Dice:

    Impresionada! Esa sería la palabra que utilizaría para describir como me he sentido al leer tu artículo. Sin duda la arquitectura de las palabras utilizadas va más allá de la singularidad de la escritura pues llega al transfondo de descubrir que podemos ser mucho más del aquí y ahora. Mucha suerte con el proyecto que acaba de nacer.

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  3. Isis
    Isis Dice:

    Cualquier momento de contacto y comunicación con los hijos les aporta no solo el cariño y amor que tanto necesitan, sino también la confianza, creatividad y desarrollo de futuras pasiones. Nunca es tiempo perdido los años de secano viajero, porque se viven mil aventuras familiares y urbanas, y se siembra para que en un futuro les guste viajar, leer sobre países, pintar paisajes exóticos o aprender idiomas a través de intérpretes extranjeros. Pronto se podrán retomar viajes más lejanos , en los que ellos, los pequeños viajeros a través de ventanas, podrán participar y opinar muy activamente, gracias a la imaginación y cualidades desarrolladas.

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  4. María
    María Dice:

    ¡Qué bonito, Sergio!
    Preciosa imagen…y dentro de poco podréis hacer los cuatro esos viajes exóticos, tomando los aviones transoceánicos.

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  5. Jorge O.
    Jorge O. Dice:

    Directo y certero. La llegada de la paternidad no tiene que ir de la mano de una pérdida de las actividades de ocio que tanto nos gusta practicar. Sin embargo, hay que ser conscientes de que la vida cambia y lo mejor para aprovecharla es disfrutar de ese nuevo tiempo de ocio junto al pequeño. No tiene por qué ser mejor ni peor, pero sí único e irrepetible. ¡Disfruten!

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  6. Marta
    Marta Dice:

    Sergio, me ha encantado! Pena no haber vivido mi maternidad a la par que tú o haber realizado el curso de Coaching antes para poder haber viajado a tantos lugares en esas noches eternas… qué suerte tenéis ambos (tu niño y tú) de teneros!!!

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  7. Cristina
    Cristina Dice:

    Interesante reflexión sobre la paternidad así como de todas aquellas decisiones que parecen llevar implícitas consecuencias obligatorias o predeterminadas. Tal como dices, somos libres de decidir como enfocar nuestra vida y lo que nos va sucediendo. Genial, y felicidades por ejercer tu propia versión del paterning!

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