A LA PORRA

Cada semana celebro la llegada del viernes comprando porras en la Andaluza, tras dejar al niño en la guardería. Sin duda alguna son las mejores porras del barrio: crujientes y sabrosas en boca, de gran esponjosidad y firmeza, y un dorado radiante propio de los mares del Caribe. Un verdadero deleite para los paladares más implacables.

Pero también pueden convertirse en las porras más comunes y deslavazadas. Dado que las pido para llevar y tomarlas en casa, es condición indispensable que estén “recientísimas hechas” y no lleven más de dos minutos fuera de la freidora pues, sumados al minuto que conlleva su conveniente empaquetado y pago (siempre llevo el importe exacto), y los siete minutos que a paso ligero tardo en llegar a casa, superaría la infranqueable barrera de los diez minutos. Traspasarla supone la hecatombe, el adiós definitivo a la textura crujiente y explosiva, el abrazo a la desazón.

Así las cosas, cruzo la puerta de la Andaluza con el entusiasmo de encontrarme una recia culebrilla enroscada crepitante, y no los mojones troceados blandurrios y sudorosos que abandonaron la sartén el siglo pasado (hace más de dos minutos). Si hay rosca, estalla mi júbilo; si hay mojones, se desata una guerra magnicida donde siempre acabo derrotado. La política comercial del local es imperturbable: el género se despacha en estricto orden de producción (“first-in, first-out”, me explica el dependiente con deje rumano). El desayuno más esperado e inolvidable de la semana, se convierte por designios del azar en una ruina de gachas de porra.

He empleado todas mis armas en la contienda: la argumentación lógica (“el dinero es mío y yo elijo exactamente las porras que voy a ingerir”); la amenaza (“dile al encargado que venga y vete buscando nuevo curro”); la coacción psicológica (“me quedaré aquí hasta que no me sirvas esas porras de ahí recién hechas”); el insulto y descalificación (por respeto al pueblo rumano me permito no reproducir aquí tales insolencias); el peso de la ley (“soy abogado, te voy a demandar por incumplimiento del artículo 135 del régimen de amparo a consumidores; y te voy a quitar tu nacionalidad española, en el supuesto que la tengas”); el elitismo (“no sabes con quién estás hablando; conozco al Pequeño Nicolás”); incluso la comunicación efectiva, empática (“comprendo la normativa, incluso la comparto pero, ¿y si dejamos este producto para los pedidos de los bares, que no llegará recientísimo igualmente, y me despachas a mí esas de ahí crujientitas”?).

El empleado churrero, que sabe más de nuestro país y de nuestros políticos de lo que podía imaginarme, me responde siempre con un severo “no, es no”.

Como orgulloso guerrero, nunca me doy por vencido y aspiro a ganar la batalla decisiva. El viernes siguiente regreso a mi cita, después de haber estado maquinando durante toda la semana cuál será mi venganza que ahogue el tenue regusto a porras blandengues que aún flamea mi cabeza. Ya no deseo las porras crujientes y explosivo sabor, únicamente anhelo revancha. Y para ello pongo en práctica los diversos actos reparadores que he ido urdiendo: el último día pagué con 215 monedas de céntimo que con tesón había reunido durante la semana, dejando caer torpemente alguna de ellas por el mostrador y sobre los churros y porras.

Así es como me vi atrapado en una espiral de obsesión y odio que yo mismo, y nadie más, había generado.

El proceso de coaching ejecutivo que inicié hace unas semanas me está ayudando asombrosamente a desarrollar mis competencias profesionales, a comunicarme mejor con mis colaboradores, a ejercer mi liderazgo eficazmente, a empatizar con mis equipos de trabajo, a organizar mejor mi tiempo… Pero, por encima de todo, estoy descubriendo otra forma de observar la vida que me rodea, de relacionarme conmigo mismo y las personas con quienes convivo. Estoy aprendiendo a expresarme desde la autenticidad con mayor gratitud y positividad, lo cual me sirve para eliminar preocupaciones y ruido mental, produciéndome bienestar, serenidad, y mucho optimismo.

Ahora compro mis porras en otro establecimiento del barrio. Por supuesto nada tienen que ver en textura, sabor y estampa con las de la Andaluza, pero he aprendido a disfrutarlas más, a apreciar otros matices más modestos pero igualmente agradables. Me he despojado de la armadura que me llevaba cada viernes al campo de batalla, disipando la sensación vertiginosa de rencor y venganza adherida en mi pecho cada día. Enterradas las armas, me ofrezco a la vida.

Por caprichos del destino, mi nueva dependienta es andaluza. Del correcto pero indiferente trato con que me despachaba inicialmente hemos pasado a la calidez del reencuentro semanal. Ahora deseo que llegue el viernes para disfrutar de mis sabrosísimas porras modestas y de la conversación con mi amiga andaluza, que me recibe con una sonrisa en sus ojos oliva y me deja elegir, cuando se despista su encargada, qué porras deseo llevarme a casa.

 

Sergio Hinojosa

17 comentarios
  1. Iosune
    Iosune Dice:

    Gracias por compartirlo Sergio.
    Retomo mi proceso de coaching invitada por tu narración.
    En mi caso, el proceso está siendo por fases. Cosas de la vida. Pero estoy encantada.
    Retomaré en septiembre. Leerte me ha recordado que hay muchas cosas que ya no veo igual…tengo que tenerlo presente!

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  2. Ana
    Ana Dice:

    Tras tres lecturas del artículo y pasadas 24 horas de la última, sigo pensando en esas porras así que me decido a comentar.

    Con lo sencillo que es vivir, qué tentador es enredarse una y otra vez en el papel de sufridor… gracias por recordármelo. Y, sobre todo, gracias por hacerlo arrancándome una sonrisa.

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  3. Irene
    Irene Dice:

    Muy bueno Sergio, es cierto que muchas veces nos complicamos la vida, sin darnos cuenta que los únicos perjudicados somos nosotros mismos.

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  4. Mariano
    Mariano Dice:

    Muy buena reflexión , Sergio. Demasiado frecuentemente entramos en un bucle de rencor y destrucción por cosas banales, por supuesto culpando a los demás cuando lo cierto es que nosotros somos los responsables de perdernos las cosas importantes que nos rodean.
    Gracias una vez más.

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  5. Cristina
    Cristina Dice:

    Gracias por el artículo, Sergio: tiene su miga… 😉

    Estoy con Silvia, la felicidad está en las pequeñas cosas… y, si las que deseo no salen como yo quiero, como decía Groucho Marx… “… tengo otras…” es cuestión de “hacer sitio” para esas otras.

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  6. Maria Morante
    Maria Morante Dice:

    Gran metáfora y muy buen consejo. Yo en mi trabajo ya he aprendido la lección e intento buscar proveedores no conflictivos que me permitan gestionar mi tiempo mejor.

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  7. Laura
    Laura Dice:

    Sergio, me ha encantado tu reflexión. Escenas del día a día,en las que de vez en cuando, nos vemos todos. Me encanta el ser humano, es apasionante descubrir lo complejo de nuestra mente y lo sencillo de la acción por sí sola, verdad?

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  8. Noelia
    Noelia Dice:

    Me ha gustado mucho Sergio. Una lectura muy entretenida y enriquecedora y que además me hace pensar por qué hay veces q me niego a ver qué hay otras opciones, otro camino, que puede ser mejor del que ya conozco y que además me va a hacer más feliz..en fin..buena lectura para reflexionar..

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  9. Nuria
    Nuria Dice:

    Muy buena reflexión! A veces una retirada a tiempo supone una victoria…sobre nosotros mismos, y un paso más hacia nuestro propio equilibrio y paz interior.
    Gracias por compartirlo!

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  10. Sara
    Sara Dice:

    No siempre el camino que iniciamos para conseguir algo es el más satisfactorio, desde luego no es el único. Relajémonos y disfrutemos de las otras alternativas sin sufrimiento, seguro que nos ofrecen cosas que no esperábamos. El listón lo pongo yo. Añadiría, además, que la porra sea como sea sabrá perfecta con una buena compañía

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  11. Jose
    Jose Dice:

    Gracias Sergio por compartirlo. Claramente se ve que está en nosotros disfrutar del día, siendo simplemente una cuestión de actitud y de sonreír a la vida, ante las oportunidades que nos brinda

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  12. María González
    María González Dice:

    Maravillosa redacción.
    Bonita metáfora de las batallas que elegimos … que me recuerda esa frase tan presente para mí últimamente :
    “¿que prefieres, tener razón o ser feliz?”.
    ¡Gracias Sergio!

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  13. Victoria
    Victoria Dice:

    Sergio:
    No te imaginas la de veces que me he acordado de la porra en estos días de vacaciones. Después de aguantar colas, empujones, tiempos de espera infinitos, comidas carisimas, precios abusivos…, me acordaba de la “dichosa porra” y mi instinto asesino se veía apaciguado.
    Esta claro q las cosas son como uno se las tome. Así q nada mejor que un ejercicio de “porrismo” para hacer nuestra vida mucho más agradable.
    ¡Felices vacaciones!

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